Por Luis Galeano
Hace 2 semanas asistimos a la función más macabra relacionada con el narcotráfico en la Argentina, más de 23 personas fallecieron por el consumo de cocaína adulterada, y 80 personas fueron hospitalizadas. Una vez cerrado el acuerdo con el FMI, y clasificada Argentina al mundial, febrero no traía consigo demasiada carga de noticias, por lo que el tema detonó en los medios tanto tradicionales como digitales. Y como toda explosión mediática tuvo su implosión inmediata a los pocos días, más allá de alguna otra intoxicación proveniente del mismo lote adulterado.
Pero el tema es más profundo y más de base que el show amarillento que vimos por televisión, donde se habló de “cocaína envenenada”, como si la cocaína ya no fuera un veneno de por sí, donde se mostró la “locura” de un chico que se salvó en un hospital, regresó a su casa y volvió a consumir la misma droga, o de padres que no sabían que sus hijos consumían y se enteraron en el hospital cuando ya estaban muertos.
En la Argentina se estima que más del 1% de su población es adicta a drogas como la cocaína, la marihuana, el “éxtasis” o los psicofármacos. Pero para que parezca más cercana la cifra, digamos que de cada 100 personas que vemos por la calle, 1 es adicta. O peor aún, de cada 100, 10 al menos, pasan por el infierno de las drogas, si es que contamos, como mínimo, madres, padres, hermanos, novios, novias, parejas y amigos que rodean al adicto.
En nuestra sociedad las cosas malas le pasan al de enfrente. Al otro. Al vecino. Al primo de mí compañero de trabajo. Nunca a nosotros. Porque los malos siempre son los otros. Pero a veces, las balas nos impactan de lleno, aunque no queramos darnos cuenta. Y los padres, los más cercanos a los hijos, somos los últimos en darnos cuenta de una situación cada vez más próxima. Y para muestra, sentémonos a ver una serie de TV con nuestros hijos, hermanos, o pareja. Porque la cultura pop 2022 nos expone por todos los medios la naturalización del consumo de sustancias ilegales y legales, como la cocaína, marihuana, heroína, “extasis”, el tabaco o el alcohol.
Recordemos que hace 27 años se estrenaba Pulp Fiction, una película con innumerables cantidades de escenas que mostraban consumo de cocaína, dentro de un entorno de personajes caricaturescos. 2 años más tarde se estrenaba Trainspotting, con el foco en el consumo de heroína con personajes menos alejados a nuestra realidad. Por aquellos años, mucha gente se levantaba de sus butacas de cine y dejaba la sala, horrorizada por sus imágenes.
Un cuarto de siglo más tarde, todo cambió. Las películas se transmiten por plataformas de streaming, y además aparecieron las series de maratón que son producidas por las mismas plataformas.
Pero de a poco ya nadie se levantó de su butaca digital, y comenzamos a asistir a la gradual naturalización del consumo de estupefacientes en todas (o casi todas) las propuestas audiovisuales. Para poner un ejemplo, en la película No mires hacia arriba, el personaje interpretado por Jennifer Lawrence, una astrónoma descubridora del meteorito que va a destruir la tierra, es adicta a los psicofármacos, con esa conducta simple y sencillamente como rasgo de su personalidad. No hubo necesidad de ese “gag”, que no deja de dar gracia en sus arrebatos de consumo de pastillas, pero ahí estaba. De esa película hasta Euphoria, basada totalmente en la vida de una adicta a las drogas que no tiene ningún interés en rehabilitarse, pasando por historias de cualquier tipo, la toma de la nariz aspirando un polvo blanco inunda las historias de nuestra cultura.
Todas (o casi todas) las series han integrado la adicción como rasgo característico de uno o más personajes. De esa manera, la cultura pop se muestra permisiva ante una conducta que hay que controlar.
De la misma manera que la industria tabacalera que, por regulación y autoregulación, ha salido de la tanda publicitaria, pero no encontramos películas donde nadie fume. Las marcas de cigarrillos se disputan el mercado en el punto de venta, pero se promocionan en conjunto. Con el objetivo de mantener una población adicta al cigarrillo, para después discutir qué marca vende más.
Así, parecería que el narcotráfico hubiera tomado el mismo camino, normalizando los consumos en lo cultural, para que después cada uno venda lo que pueda en su zona, peleándose por los mercados. Entonces la pelea contra un flagelo como las drogas es cada vez más desigual.
La lucha contra el narcotráfico es desigual. La criminalización del consumidor es injusta. Y la poca o ninguna regulación de los contenidos que romantizan el consumo desatan otra discusión.
Hasta hace unos días todos se preguntaban cómo, por qué, y para qué se había adulterado la cocaína en el Gran Buenos Aires. Pero las respuestas desde los noticieros eran similares a la narrativa de Netflix, con nulos análisis de fondo, y una posición “veredadelfrentista” del problema, cuando todos somos parte de él.
Ahora esa serie terminó, porque ya no hay nada que contar. Volveremos a hablar del FMI, de las elecciones, o de las toneladas de marihuana o cocaína incautada en Misiones o en la “ruta de la droga”, pero no volveremos a tener la chance de ponernos a pensar qué hace que cada vez más gente decida consumir drogas y lamentablemente no pueda dejar de hacerlo.



