Lea Kovensky era la secretaria del agregado militar en la embajada de Israel cuando el 17 de marzo de 1992 un atentado terrorista, el primero en territorio argentino, destruyó el edificio de la sede diplomática. ¿El saldo? 22 muertos, 242 heridos y ningún condenado.
Ese día, el caluroso martes de 17 de marzo de 1992, Lea Kovensky –que entonces tenía 36 años- estaba particularmente feliz. Porque además de su trabajo como secretaria del agregado militar en la embajada de Israel en Buenos Aires, con su hermana Miriyam tenían un emprendimiento de venta directa (relojes, perfumes) que se vislumbraba auspicioso. Al atardecer, precisamente, iban a encontrarse para ver a un proveedor, cuando saliera de la embajada.

Hacía tres años que Lea estaba en la sede diplomática de Arroyo y Suipacha, un coqueto petit hotel en la zona de Retiro. Desde joven dominaba el hebreo, idioma que estudió en la secundaria y que perfeccionó en los dos años que pasó en un kibutz en Israel. “Cerca del lago Tiberiades, donde desemboca el río Jordán, es decir, donde Jesús fue bautizado”, recuerda Lea hoy en su departamento de Villa Crespo.
Lea, una sobreviviente del atentado
Ella fue, involuntariamente, protagonista de una emblemática imagen del atentado terrorista, el primero dentro de nuestro país, cuando en medio de los escombros y una nube de polvo, emergió en brazos de un joven marine estadounidense de 25 años (después sabría que se llamaba Bruce Willison), a metros de Plaza San Martín. Una síntesis del horror y la solidaridad, en medio de tanta muerte.
Hoy en la casa de Lea –que antes de ingresar a la diplomacia fue profesora de hebreo durante siete años- hay muy pocos recuerdos de la embajada, su hogar durante 33 años: algunos libros, un par de fotos con sus compañeros y un sillón de madera rescatado de entre los restos del edificio destruido. Pero sí muchos recuerdos a flor de piel de lo que sucedió exactamente a las 14.45 de aquel martes 17, treinta años atrás.
Lea estaba en un “recreo” en su tarea, fumando junto a su amiga Mirta, la encargada del conmutador del edificio que estaba en un proceso de remodelación, por lo cual había varios albañiles, plomeros y pintores trabajando aquí y allá.

De pronto se sintió un fogonazo, seco, sordo, como una descarga eléctrica. La onda expansiva dobló y tiró a Lea hacia atrás –durante un tiempo tendría un fuerte dolor en la espalda-, y cayó boca abajo. Tardó en levantar la vista y en comprender qué había sucedido. Había gritos de dolor, una espesa nube de polvo, confusión y destrucción. No encontró a su amiga Mirta (Saientz), después supo que fue uno de los nueve empleados de la embajada que fallecieron. Sí a Laurita, otra compañera, que cayó desde el primer piso a la planta baja, junto con un piano y quedó gravemente herida.
En un principio, Lea y otros sobrevivientes intentaron salir por el segundo piso, por una entrada de emergencia que llevaba al edificio vecino. Pero eso fue imposible, poco y nada quedaba de ese segundo piso. Tomada de la mano de Claudia, otra compañera, caminaron a tientas hasta que finalmente lograron salir a la calle a través de un hueco en una pared. Fue cuando el marine Willison la alzó en brazos y la llevó una cuadra más allá, a Arroyo al 800, a donde primero trasladaban a los heridos antes de llevarlos a un hospital.

Lea no tuvo heridas graves, pero sí infinidad de cortes en la cara, los brazos, las manos, hubo que suturarle varios dedos, perdió una uña de cuajo, además de golpes por todo el cuerpo y una esquirla que todavía lleva encima Un milagro frente a tanta muerte que comprobó al día siguiente, miércoles 18, cuando se presentó para ayudar en la embajada. Mejor dicho, en lo poco que quedaba de ella. Actualmente en ese lugar está la Plaza de la Memoria, donde se realizan los homenajes a las víctimas y donde apenas queda un trozo de pared del edificio original. “Todos volvimos apenas pudimos -cuenta Lea-. Primero, para saber quiénes se habían salvado, luego para ayudar a recuperar los cuerpos y finalmente para colaborar con la reconstrucción”.
Como decíamos, al volver al día siguiente del atentado, Lea se enteró de que nueve compañeros habían fallecido. Pero también tres ancianos de un hogar –el San Francisco de Asís- que estaba en la misma cuadra y que nunca se había percatado de su existencia. También murieron tres albañiles bolivianos que trabajaban en la remodelación, dos plomeros, varios peatones, un taxista que justo pasaba con su vehículo y hasta un cura, el padre Juan Carlos Brumana, de la vecina parroquia Madre Admirable. Oficialmente, la explosión dejó 22 muertos (en un principio se dijo que eran 29), 242 heridos y ningún responsable identificado en prisión.
Ni Lea ni ninguno de sus compañeros dejaron de trabajar en la embajada. Por el contrario, la tragedia los unió aún más. “Teníamos necesidad de estar juntos, de tocarnos, de abrazarnos. Se formó como una familia, hermanados en el dolor”, dice ella hoy, a pocos meses de haberse jubilado en la embajada y empezando a diagramar sus días, ahora que son plenamente suyos.
LOS 22 NOMBRES DE LA TRAGEDIA
Nueve fueron los directivos y empleados administrativos de la Embajada: David Joel Ben Rafael, Eli Ben Zeev, Eliora Carmon, Zehava Zehavi (estos cuatro, ciudadanos israelíes), Beatriz Berenstein, Marcela Droblas, Mirta Saientz, Raquel Sherman y Liliana Susevich.
Tres ancianos que vivían en el Hogar San Francisco de Asís: Celia Arlia, Escorcina Lescano, Mausi Mayers Frers.
Cinco obreros de la construcción: Carlos Baldelomar Siles, Alfredo Machado Castro, Freddy Machado Castro (los tres albañiles nacidos en Bolivia), Francisco Mandaradoni (Italiano, plomero) y Aníbal Leguizamón (plomero paraguayo).
Tres peatones: Andrés Elowson, Alexis Quarin y Miguel Lancieri Lomazzi (uruguayo).
Un taxista: Rubén Cacciato.
Un sacerdote: El padre Juan Carlos Brumana, de la parroquia Mater Admirabilis.
Fuente: Télam Digital



