Por Alexis Rasftopolo*
Más allá de sus particularidades, en lo esencial, es posible vincular algunas escenas de estos días. El caso del chofer de la línea 28 de colectivos que, en la zona de Constitución, en Buenos Aires, el lunes 12 de febrero, bajó del vehículo a una familia, picana en mano, por no poder pagar los boletos, con la muerte de Ezequiel Curaba, en Rosario, luego de que recibiera una descarga que le afectó perniciosamente gran parte de su cuerpo, tras intentar extraer unos cables de alta tensión.
Recientemente nos enteramos que hubo otro caso así, en Mendoza: en una situación análoga Juan Gerez recibió una descarga eléctrica que terminó con su vida.
En la ciudad de Posadas, Misiones, entre tanto, se está viendo más gente en situación de intemperie. Sobre calle San Lorenzo, esquina Entre Ríos, un flaco, en plena mañana de lunes, durmiendo en la vereda, con sus pocas pertenencias y usando una bolsa negra como almohada.
En rigor: estamos frente a las formas del desprecio de la condición humana.
La violencia que crece hasta la desmesura, el menosprecio al otro que se torna insoslayable, en postales de la realidad social donde el incremento exorbitante del precio de los alimentos, el transporte y los servicios básicos como la luz, el agua, el gas o internet, en simultaneo con la depreciación de los ingresos y la falta de oportunidades, vuelve imposible avizorar un horizonte de relativa estabilidad.
En concomitancia, los niveles de pobreza ascienden al 57,4%, según el observatorio social de la UCA.
Nos están empujando a vivir mal, masticando bronca.
La mayoría de nuestros congéneres tiene miedo a perder el trabajo, o no sabe si podrá seguir con sus estudios, mientras el horizonte de futuro se desvanece cual si fuera una bocanada.
En sesenta y nueve días de gobierno de la Libertad Avanza, en alianza con el macrismo, la vulneración y degradación de las condiciones socio-existenciales se han agudizado.
En esta película de terror se está horadando la dimensión ética mínima, en lo concerniente a la consideración de los demás, del respeto y el cuidado de la vida y de lo viviente.
El gesto necesario de empatía, piedra de toque del lazo social.
Evocando los textos del juicio final de Osiris, en el Libro de los muertos, Enrique Dussel nos recuerda la respuesta que uno de los muertos daba a la deidad, ante la pregunta de que había hecho de bueno, en vistas de procurar la resurrección:
“Di pan al hambriento, di de beber al sediento, di vestido al desnudo y di una barca al peregrino”.
Es decir, hacer el bien al otro.
Preservar su vida y su dignidad.
Una conducta comprometida para sostener la comunidad.
Contra eso están avanzando por estas horas.
María Pía López sostiene que ningún repliegue es permanente, ninguna derrota.
Ojala podamos ir tejiendo una articulación socio-política de los oprimidos, potente, de modo de bregar por un horizonte de futuro, que, por ahora, nos está siendo arrebatado.
*Doctor en Comunicación Social.



