Por Santiago Sanabria, periodista.
Durante décadas (o siglos), el asado del domingo se volvió una tradición en Argentina, tanto como el desayuno con un mate, antes de la llegada del café exprés y la tendencia FIT. Hoy, en cambio, el asado con la familia o los amigos se volvió un lujo, casi un placer al que solo unos pocos pueden acceder.

No es noticia que por las medidas de shock o ajuste, las góndolas están cada vez más lejos del bolsillo de los argentinos. Cada visita al supermercado, al chino del barrio o el kiosco de la cuadra se convierte en un disparo a la cartera de la dama, o al bolsillo del caballero.
El asado con la familia se convirtió en un lujo. Decir “vamos a comer un asado”, hace brillar los ojos de los adultos como cuando aparece la torta de cumpleaños para los chicos. Antes, los lujos eran irse de vacaciones al exterior, cambiar el auto o comprar una casa.
Es verdad que no viví la hiperinflación de Alfonsín, pero sí la crisis de 2001. No quiero que mi hijo, deba tener secuelas de una situación similar. El tiene comida todos los días y un techo sobre su cabeza que lo protegen de cualquier otro azote que pueda llegar de manera extraordinaria.
Es indiscutible que hay varios responsables, pero, ¿cuánta responsabilidad tienen Milei, Caputo y compañía? ¿Hasta dónde llega la responsabilidad de los ex oficialismos? ¿Qué parte de culpa tenemos nosotros como ciudadanos?
Somos quienes (gracias a la democracia), colocamos las diversas figuritas de los funcionarios en el álbum de la historia política nacional.
Hace siglos que somos reconocidos por ser los dueños de la mejor carne del planeta. Pero que sus habitantes cada vez consumen menos. No por una decisión de “cambio de vida”, como lo puede ser comenzar el camino del vegetarianismo, veganismo u ovo lacto vegetarianismo.
Escribo esto un jueves por la noche, después de cenar en soledad en mi casa. Me senté en el patio mientras mis amigos organizaron un asado para el fin de semana (quedará solo en la organización del grupo de whatsapp). Estamos a día 8 del mes. Pareciera un 28. “Nadie tiene un mango”, escribió punzante un amigo, de los primeros en sumarse a cada cena que se vislumbra en el futuro. Tiene razón.
Entrar a un supermercado y ver un chango lleno de bolsas o bandejas de carne es, lo que hace algunos años, era observar en la calle un auto con la patente en trámite. Cómo en unos kilos de carne vacuna, aviar o porcina se transformó en el recibo de sueldo de casi todo un país. Claro, solo casi, porque los “mismos de siempre”, no entienden de necesidades.
Algún día volveremos a ser la tierra del asado y del buen vino. Sino, que Dios (Jehová, Alá, Buda o quién sea) y la patria os lo demanden.



