Por Guido Encina
Es inminente la apertura del San Roque González. El suceso traerá un sinfín de lecturas que van a ir por la cuestión económica, sin embargo, hay algo mucho más interesante e identitario, que desde lo personal puede servir para valorizar ese monumento a la hermandad.
Había mucho viento ese día, tenía miedo. Mucha gente, no recuerdo caras conocidas, solo se me vienen imágenes entre las que aparezco en compañía de mi abuelo que me llevó en un armatoste azul a motor con la insignia Dodge 1500. Me contaron que estuvo Menem, capaz lo borré de mi memoria intencionalmente, no lo ví. No quedaron registros de ese día, era pibe no llegaba a los 8 y fui testigo de la inauguración del premiado puente.
Hablamos de una unión entre dos culturas no muy distintas pero atadas a su contexto. Por aquellos años, cuando cruzar el puente era una novedad, se observaba con algo de desconfianza al vendedor ambulante, era mágico su poder parlante, su manera abrupta de convencer o irradiar rechazo en algunos segundos.
Adentro de algunos negocios había otra magia, te salvabas del acoso, pero quedabas atónito ante la presencia de hombres con tupidas barbas que dialogaban en un idioma desconocido.
Todo era negociable, adentro y afuera. Los precios eran sólo unos números colocados en cada estante, servían para empezar una discusión fenicia. No sé porque, pero siempre se creía que el comprador ganaba, pero en algunos meses su local se agrandaba. ¿Ganábamos todos o ganaban ellos y nos hacían sentir menos perdedores?
El caburé, los desordenados estantes, el tereré, el guaraní, el tufillo y el sol en el centro de la ciudad eran constantes para un porcentaje importante de posadeños que iban en búsqueda de la novedad, el encuentro con una nueva cultura o simplemente a sacar alguna ventaja a la economía.
Por aquellos años se intensificaba el rol del puente como la síntesis de unidad regional que esperemos que no se hunda como el viejo Ferry que alguna vez ofició de conexión vía aguas del río Paraná.



