Este 2022, el hombre detrás de Tesla o SpaceX asegura que Neuralink, su empresa especializada en interfaces cerebro-ordenador, comenzará a implantar chips en el cerebro de humanos para que puedan comunicarse con todo tipo de dispositivos electrónicos empleando únicamente el pensamiento. Estamos sólo ante la punta de un iceberg que supondrá la mayor amenaza para nuestra privacidad.
Hasta ahora se ha logrado registrar la actividad cerebral, monitorizarla, estimularla y leerla. El siguiente paso será cambiarla; el objetivo último, alcanzable antes o después: descifrar los secretos de la mente humana, desentrañar y entender sus enigmas.
Los expertos afirman que la neurotecnología podrá llegar a curar enfermedades como el Alzhéimer, el Párkinson o las lesiones cerebrales, pero también será capaz de crear un nuevo yo, de mejorar nuestras capacidades humanas, de aumentarnos cognitivamente, de potenciar nuestra memoria, borrarla o reescribirla e incluso de revelar nuestro subconsciente. Son palabras mayores, sobre todo porque estos impresionantes potenciales avances conllevarán extraordinarios riesgos para nuestra seguridad. Alguien podría querer hacer negocio y mercadear con todos nuestros datos cerebrales.
Aquí reside la trascendental importancia de los neuroderechos, aquellos que protegen nuestra privacidad mental e identidad personal y que Rafael Yuste define como “nuevos derechos humanos”. En conversación con Forbes desde Nueva York, el neurobiólogo y catedrático de la Universidad de Columbia defiende que los neuroderechos se recojan en la Declaración Universal de Derechos Humanos, porque “la neurotecnología ya nos está permitiendo entrar en el cerebro, que es el que genera la percepción, los pensamientos, la memoria, las emociones, la identidad, la conciencia y el subconsciente. Estamos a punto de que la neurotecnología transforme al ser humano, y esto puede abrir las puertas al nuevo Renacimiento, por eso los cimientos deben ser sólidos”.
También el abogado especialista en derecho digital y profesor de la UOC, Sergio de Juan-Creix, considera que los neuroderechos deben incluirse en la Declaración Universal de los DD HH para que existan «unos mismos principios para todos. Después, cada Estado legislará como considere, pero sobre unas bases predefinidas».



